Tras los pasos de Miguel de la Quadra-Salcedo: Mi experiencia guiando una expedición al Amazonas con la British Exploring Society (Parte I) ~ Bioblogia.net

27 de junio de 2019

Tras los pasos de Miguel de la Quadra-Salcedo: Mi experiencia guiando una expedición al Amazonas con la British Exploring Society (Parte I)


Hace un millón de años, allá por 1994, un Fernando mucho más jovencito que el que esto escribe estaba comiendo leche con galletas delante de la tele.


Sus ojos estaban fijos en la pantalla y la cuchara goteaba leche, a medio camino entre el tazón y la boca abierta. ¡Su programa favorito iba a comenzar!

El programa se llamaba “La ruta Quetzal” y Fernando soñaba con participar.

Cada año, un grupo de suertudos (quiero decir: creativos, inteligentes…) chavales se iba de expedición por Iberoamérica, para aprender sobre su cultura e historia.

A mí, he de confesar, por aquella época, la cultura y la historia me la traían un poco al pairo. Bueno, tampoco es eso, pero en comparación, lo que me motivaba de verdad, lo que me hacía verter la leche con galletas en la faldilla del brasero, eran las imágenes de los chavales en la selva, bajando en canoas por el Amazonas, dando machetazos a través de la espesura.

Uff, cómo se me caía la baba con la selva.

Y encima no se iban solos. No, los guiaba uno de mis héroes: 

Don Miguel de la Quadra Salcedo.



Don Miguel


A ver, jóvenes lectores. A aquellos de vosotros que no lo conocísteis... ¿Cómo os os puedo transmitir lo increíble que era don Miguel? Venga, os cuento un poco sobre él:

Era la leche. Como una mezcla entre Indiana Jones y el Capitán América

Estudió agrónomos en los años 40, en Navarra, España. Allí, muy pronto descubrió que era bastante bueno lanzando cosas muy lejos, así que empezó a practicar jabalina, martillo y disco.
Acabó siendo campeón nacional 9 veces.

En los años 50, un paisano navarro le enseñó una forma diferente de lanzar la jabalina, girando varias veces sobre sí mismo al modo pastor. Al poco de practicar ya superaba el record mundial por 20 metros (!). Vascos tenían que ser… 

Desafortunadamente, la federación internacional dijo al verlo “¡Dónde vas, animal! ¡Que vas a cargarte a alguien del público!” Y no le permitieron usar la técnica en los Juegos Olímpicos de Melbourne '56, donde seguro hubiera barrido.


En 1960 participó en los Juegos Olímpicos en Roma, viajando hasta allí desde España con su hermano, los dos en una vespa. Más tarde, ese mismo año, fue a Chile, a participar en los Juegos Iberoamericanos. 

Allí Miguel se empezó a desmadrar un poco más. Cuando el resto de la delegación española volvió a casa, Miguel decidió aprovechar el viaje y quedarse por la zona. Se hizo camionero en los Andes, y cuando ahorró algo de dinero, se compró un pasaje para ir a la Isla de Pascua. 

A los tres meses se había aprendido todas las leyendas e historias de todas las piedras de la isla. El pobre se aburría. ¿Cómo escapar de la isla?

Fácil: se enroló en un barco ballenero 🤦‍♂️

Con el dinero que ahorró emulando al capitán Ahab, se compró una cámara y varios rollos de película y se fue al Amazonas, donde estuvo perdido durante 3 años. 

Allí vivió todo tipo de increíbles aventuras. Buscó oro, trabajó de guía, explorador y de investigador en etnobotánica para el gobierno colombiano. Se hizo amigo de mil y una tribus indígenas, a las que impresionaba con su habilidad en lucha greco-romana y lanzando la jabalina.

Cuando regresó a España, se fue a las oficinas de TVE, y dejó a todos con la boca abierta con las imágenes y videos que trajo del Amazonas. 


No hubo más remedio que darle un empleo como reportero.

Su primera misión fue en el Congo, donde casi muere rescatando el tesoro de unas monjas españolas. Le salvaron de morir, en el último segundo, unos amigos cubanos derrapando en un jeep frente al pelotón de fusilamiento. Como en una película de James Bond.


Así, durante un par de décadas, estuvo dando tumbos alrededor del mundo, cubriendo todas las guerras, desastres y conflictos. 

Su mujer, Marisol, otra aventurera, se iba con él a menudo. Se casaron en Japón y, en su luna de miel, se fueron juntos a cubrir la guerra de Vietnam. Juntos descendieron el Amazonas en una balsa de madera junto a su primer hijo, Rodrigo, en una gran aventura emulando la Jangada de Julio Verne.


Más tarde en los ‘70, empezó a grabar documentales históricos sobre aventura y exploración: Marco Polo, Amundsen, Orellana… 

En algún momento debió pensar que se estaba encasillando, así que se buscó otro entretenimiento: Se unió al Circo Ruso, como domador de leones (!)

Es casi imposible seguir el rastro de todas las cosas que hizo...

Hombre, pues claro que también entrenó en Texas para ser astronauta!😂
La mejor parte comenzó en 1979, cuando el Rey de España le sugirió que organizase un evento de aventura y cultura anual para jóvenes con el objeto de recuperar y fortalecer los lazos históricos y culturales que unen a España con Hispanoamérica. 

¡Y así nació la Ruta Quetzal! Chavales de todos los países de habla hispana, más Portugal y Brasil, juntos en expediciones increíbles, explorando lugares históricos en España y América.

¡Y dando machetazos por la selva! 

Y es que, como dijo García Lorca al volver de Buenos Aires: "El español que no conoce América no conoce España". (Voto a Dios que así es, me dice siempre mi amigo Pedro Llanillo, ex-participante de la Ruta Quetzal, viviendo ahora en Chile).



¿Te imaginas qué pasada participar en una de esas expediciones?

Pues, desafortunadamente, yo también me lo tuve que imaginar, porque nunca me seleccionaron :(

Pero...

20 años más tarde...

Septiembre de 2016. Un no tan joven Fernando está comiendo leche con galletas frente a la pantalla (sí, qué pasa, me siguen gustando).

La cuchara otra vez a medio camino, goteando sobre unos papeles. Pero ahora no estoy mirando la tele, sino 35 pestañas del chrome, papers sobre parásitos de peces y una página de Word con cuatro párrafos inconexos

Llevaba toda la mañana tratando de avanzar en mi proyecto, mi plan para solicitar financiación para mi siguiente contrato de investigador postdoctoral. Y la cosa no iba bien, me estaba quedando dormido.

Y así, con esa habilidad extraordinaria que tiene mi cerebro para procrastinar, me puse a pensar en la selva.


Una cosa llevó a la otra y acabé en iNaturalist, que me llevó a la wikipedia, que me llevó a realizar en google búsquedas tan complejas como “trabajo selva biólogo” o “scientist jungle adventure”.

Y entonces me topé con esto:


British Exploring Society

British Exploring Society es una organización benéfica británica que lleva desde 1932 organizando expediciones a lugares remotos. El principal objetivo de estas expediciones es proporcionar experiencias enriquecedoras a través de la ciencia y la aventura a jóvenes valientes.

¡Como las expediciones de Don Miguel, pero en plan científico! Ahí es na.

Esta organización, para mi gozo, buscaba un biólogo aventurero que quisiera participar, de manera voluntaria, en una expedición a la Amazonía Peruana.
En 15 minutos había enviado la solicitud. Reconozco que era más fácil que escribir mi proyecto, pero aún así me sorprendió lo poco que me costó rellenarla: ¡Una señal inconfundible de las ganas que tenía de escaparme!

A los pocos días recibí la alegre noticia: Había sido seleccionado para una entrevista en Londres, en la sede de BES, que no es otra que el emblemático edificio de la Royal Geographical Society (!), y me daban a elegir entre varias fechas a finales de Noviembre.

Iba a ser interesante, ya que justo cuando me llegó el correo estaba mudándome de vuelta a Suecia después de dos años viviendo en Texas, e inmediatamente después de llegar a Estocolmo, tenía que cambiar de mochila e irme un mes a Zambia a hacer trabajo de campo… hasta finales de Noviembre.

Iba a estar más perdido en esa entrevista que un garaje en un pulpo.

¿Y aquel proyecto para el postdoc? No volví a abrir aquel archivo...

Mi casa frente al lago Tanganyika

La entrevista


El 20 de Noviembre aterricé en Estocolmo con jet-lag, una infección de oído gordísima y, probablemente, una docena de parásitos africanos después de un mes buceando en el lago Tanganyika.

Unos días después, agarré mi petate de mano, un vuelo de esos de ir de pie, y me fui todo contento para Londres.

He intentado varias veces quedarme a dormir en el Museo de Ciencias Naturales, pero siempre me acaban echando. Esta vez me quedé en un albergue que hay enfrente y así, al menos, podía babear mirando por la ventana.


Como te contaba antes, para la entrevista me habían citado en la sede de la Royal Geographical Society, alli frente a Hyde Park. ¡Tener ahí al dr Livingston mirándote le daba bastante caché a la cosa!


Allí me encontré con un montón de gente que también venía a la entrevista. 

Nos habían sugerido que vinieramos preparados para posibles actividades al aire libre, así que aquello parecía el campo base del Everest: botas, mochilas, brújulas, goretés… Enseguida empezamos a charlar y a descubrir que éramos todos unos frikis con mentalidades similares.

Nos llevaron a una sala y allí nos presentamos, uno por uno, describiendo brevemente nuestros perfiles y diciendo en qué rol y expedición estábamos más interesados.

Después nos pusimos a jugar todos juntos en plan colaborativo (típica entrevista grupal, bajo la atenta mirada de los organizadores). Los juegos estaban diseñados para mostrar cómo nos desenvolvemos en grupo. Nuestra asertividad, liderazgo, capacidad de conciliación... La verdad es que fue muy interesante… ¡y una risa! 

Mi consejo para este tipo de entrevistas: relájate y diviértete. 


Más tarde nos proporcionaron unos mapillas así un poco especiales (con pequeños errores y trampas) y nos pidieron que, en pequeños grupos, organizásemos una expedición por Hyde Park, donde tendríamos que realizar varias pruebas y dar una pequeña charla relacionada con nuestra especialidad.

Yo no había tenido tiempo de preparar nada, pero empecé a hablar del comportamiento de las aves y de cómo se comunican a través del color de su plumaje. Como siempre, me emocioné contando anécdotas y curiosidades y parece que aquello les gustó.

Por último, tras el almuerzo, nos entrevistaron individualmente, profundizando en nuestra experiencia y tratando de averiguar cómo responderíamos ante diversos escenarios.


La verdad es que fue una de las entrevistas más completas que he realizado nunca, lo cual dice mucho de la Sociedad. Tanto esfuerzo y cuidado a la hora de seleccionar el equipo de guías explica porqué las expediciones acaban siendo una experiencia inolvidable para todos los afortunados que participan.

Y, bueno, ¡esta vez sí que fui uno de los afortunados! 

Al poco tiempo de regresar a Suecia me confirmaron que había pasado el “assessment” y que era ya guía aprobado de la British Exploring Society. Y unas semanas más tarde me confirmaron que tenía plaza asegurada en la siguiente expedición a la Amazonía Peruana como “Science Leader”. Yippiiie!

El entrenamiento

No sólo la entrevista fue exhaustiva. Una vez confirmada nuestra participación como guías, empezaron a definirse los planes y, durante varios encuentros de fin de semana en distintos lugares de Inglaterra, recibimos un montón de formación general y específica para nuestra expedición.

El primer fin de semana fue una introducción al Ethos de la Sociedad, sus protocolos y filosofía. Recibimos un millón de seminarios sobre lo que significa ser un guía, cómo facilitar la comunicación, resolver conflictos, seguridad, e información específica sobre los distintos roles dentro de la expedición.


También fue una oportunidad estupenda para conocernos unos a otros. Compartiré una anécdota que muestra una vez más el excelente resultado del proceso de selección:

La noche del sábado, tras terminar los seminarios del día, nos sentamos junto a una mesa 7 u 8 personas. Allí había científicos, médicos, maestros, deportistas… Gente de muy diversos ámbitos y edades muy variadas. Comenzamos a charlar y, en algún momento, alguien contó una anécdota aventurera de un cruce de fronteras entre países remotos y exóticos. Todos reímos y una chica conectó esa anécdota con otra propia, cruzando otra frontera en algún lugar ignoto. De nuevo reímos y, una vez más, otra persona tomó el testigo y contó otra batallita similar. Y así, de forma casual, uno por uno, todos los presentes en aquella mesa terminamos contando una anécdota fronteriza. ¡Todos! 

Sin lugar a dudas, una de las mejores ventajas de formar parte de la Sociedad es la oportunidad de conocer a gente tan loca como yo.

Al mes siguiente, nos reunimos de nuevo un fin de semana en un campamento de los Scouts, en una región muy bonita y agreste de Inglaterra: el Lake District. El objetivo, esta vez, era recibir formación específica sobre cada expedición.

Jess, una de nuestras médicos, practicando amputaciones
En nuestro caso, como miembros de la expedición Amazónica, practicamos técnicas de orientación, seguridad en zonas acuáticas, uso de herramientas (ahí todos dando machetazos), y aprendimos sobre medicina e higiene, fauna y flora locales, supervivencia y “bushcraft” (vamos, cómo apañárselas en la selva con pocos recursos). 

Por último, empezamos a definir los proyectos que llevaríamos a cabo y planificamos la logística de la expedición.

Conociendo a los expedicionarios

En Abril, nos reunimos en otro campamento Scout, cerca de Oxford, donde recibimos por primera vez a nuestros jóvenes exploradores. ¡Cuánta ilusión y ganas de aventura!

Allí les presentamos los planes de la expedición, conocieron a sus compañeros y a los que seríamos sus guías, y practicamos juntos múltiples escenarios como entrenamiento.

¡Alguien se ha roto un tobillo! ¿Qué hacemos?
Para ello, nos organizamos en “fires”, grupos más pequeños de 8-12 personas, llamados así desde tiempos inmemoriales por ser el número ideal de exploradores que se pueden reunir junto a una hoguera de campamento.

Cada fire suele tener como monitores fijos a un guía científico y un guía de aventura durante toda la expedición, y durante periodos cortos, una rotación de varios “trainee leaders” o monitores en prácticas, médicos, y otros integrantes del campamento base.

Mi monitora de aventura, Hannah Findlay, explicando cómo de grandes son las arañas en el Amazonas
Yo viví aquel fin de semana desde dos puntos de vista: Como guía, preparando y motivando a los chavales para la expedición, pero también como aquel joven Fernandito que soñaba con ir de expediciones. 

Fue fantástico ser testigo directo de la emoción que estarían sintiendo esos jóvenes exploradores, a punto de zarpar en la primera gran aventura de sus vidas.

En Mayo nos reunimos por última vez antes de la expedición, para realizar un curso intensivo de primeros auxilios. Algo que, por cierto, recomiendo encarecidamente a todo el mundo, vayas o no a una expedición. 

Espero que nunca tengas que poner en práctica lo que aprendas pero te aseguro, desde mi propia experiencia, que te alegrarás de saber un par de cosillas si la situación lo requiere.

Durante todo este tiempo, los integrantes del equipo de monitores estuvimos en contacto, planificando en más detalle la logística del viaje, los proyectos… y chafardeando, ya como amiguetes, en un infame grupo de whatsapp.

Ya estábamos listos para la expedición... 

Pero eso os lo cuento en la segunda parte :)



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